Juan Guillermo Ríos: “La más bella expresión de la reportería es la calle.”

Updated: Apr 17


Juan Guillermo Ríos.



Dicen que todo tiene su tiempo. El 4 de marzo de 2020 fue la primera vez que le escribí al periodista, Juan Guillermo Ríos, solicitándole una entrevista que no se dio, y casi dos años después, sin proponérmelo, la vida me brindó la oportunidad de charlar con él.

Mientras estoy escribiendo estas líneas introductorias, he considerado no detenerme en datos que describan el historial de Juan Guillermo Ríos como figura prominente en la historia del periodismo en Colombia, y el motivo es muy simple, su nombre lo dice todo.

Sin embargo, para las nuevas generaciones, por si acaso han escuchado su nombre, debo decirles que estoy hablando de la figura más influyente en la presentación de noticias que tuvo la televisión colombiana en los años ochenta.


Escuchar a Juan Guillermo Ríos es sumergirse a través de los años y regresar a recordar una época en Colombia, en momentos en los que casi todos, por no decir todos, nos sentábamos sagradamente al frente del televisor para escuchar a través de su estilo y elocuencia, los hechos que enardecían la cotidianidad en nuestro país.


Atrás han quedado aquellos años de agite entre cámaras, luces y reflectores, y como es obvio, el tiempo ha seguido su rumbo trayendo la calma y la parsimonia, para enseñarnos que pese a las vicisitudes a las que estamos expuestos, la vida continúa y que personalidades como Juan Guillermo Ríos, nos ponen de manifiesto que la grandeza y la parquedad van de la mano, y que pese a ser contrarias, nos muestran el camino para crecer como personas.



Por: Germán Posada



¿Por qué quiso ser periodista?

Yo quise ser periodista por una circunstancia muy especial. Toda mi vida quise ser médico porque me impactaba y me llenaba mucho la labor de los médicos. Pero por las condiciones económicas de mi familia no pude serlo. Yo soy el cuarto de doce hijos, ahora somos once. Soy hijo de un pintor de brocha gorda y en las vacaciones me iba a trabajar con mi papá, por eso digo que aprendí a pintar y sé pintar casas, de tal manera que, si algún día yo me quedo sin trabajo en el periodismo, vuelvo a lo que aprendí de joven con mi papá que es pintar casas.


Haciendo el bachillerato nocturno en el Liceo de la Universidad de Antioquia en Medellín, hicimos una huelga universitaria que fue nacional y que conmovió mucho al país. Los líderes de esa huelga, que además lo fuimos de manera circunstancial y no planeada, éramos Fabio Valencia Cossio, que después fue un reconocido político, el ahora ex presidente, Álvaro Uribe Vélez, un joven que en esa época nos dirigía en la huelga, y yo.


Fue una huelga muy violenta en donde la policía nos acordonó y nos tiró gases y resultaron muchos heridos. En medio de todo esto, Álvaro Uribe Vélez, sugirió que alguien se encargara de llamar a los medios de comunicación para contarles lo que sucedía y yo levanté la mano ofreciéndome a hacerlo. Con su aval así lo hice y me dirigí a una oficina cerca de la universidad y con un directorio telefónico comencé a llamar a los medios los cuales cubrieron la huelga de manera extraordinaria y a partir de ahí me quedó ese gusanito del gusto por el periodismo.


¿A quién quería emular en el periodismo?

Yo conocía más medios que periodistas, fundamentalmente a Caracol Radio y RCN.


Simultáneamente cuando comencé a estudiar periodismo en la Universidad de Antioquia que en esa época no se llamaba Facultad de Periodismo si no Escuela de Periodismo había dos profesores que marcaron mucho mi inclinación de manera más férrea, más decidida, más fuerte y más indudable por el periodismo. Ellos fueron Abelardo Londoño Marín, que con el tiempo fue director del periódico El Colombiano en Medellín y de La República en Bogotá y don Alfonso Lopera, que ejercía como decano de la Escuela de Periodismo.

Estando en la universidad comencé a hacer un programa de radio en una cadena de emisoras para la juventud dentro de la cadena radial Caracol, que se llamaba Radio 15, y la dirigía Alfonso Lizarazo a quién un día conocí y le manifesté mi interés en hacer un programa allí. El me miró y me dijo: ¡Hágalo!. El creyó en mi sin conocerme porque apenas nos habíamos conocido 5 minutos antes. El programa se llamaba Debates de la Juventud, en él, yo enfrentaba a dos personalidades fuertemente opuestas para que opinaran sobre temas de la vida nacional.

Así me fui afianzando en la vocación hasta que saliendo un día de Radio 15 me llegó la noticia de que el programa lo habían suspendido por el formato que se manejaba en él. Un día enfrenté al comandante de la policía de Medellín con Gonzalo Arango, jefe del movimiento Nadaista. Este encuentro generó mucha controversia porque hubo un momento en que ambos se pararon de la mesa y se golpeaban en el pecho. A la salida de este programa me encontré con el señor Miguel Zapata Restrepo, director y dueño del noticiero Clarín de Caracol en Medellín y él me dijo que se había enterado del cierre de mi programa. Para la época don Miguel era el periodista más famoso en Antioquia. Recuerdo que el eslogan de su noticiero era: Clarín dice lo que otros callan. Don Miguel me invitó a trabajar con él y me dio empleo y fue así como comencé oficialmente mi carrera como periodista en este noticiero.


¿Si escogiera un nombre o nombres a quien considere sus tutores o maestros a quién nombraría?

El primero y muy importante que me dio el puesto como periodista, Miguel Zapata Restrepo en el Noticiero Clarín de Medellín. Y un segundo fue Timoleón Gómez Pachón, a quien le decíamos Don Timo, él era el director del Noticiero Caracol a nivel nacional. Un día me oyó cuando yo cubrí el primer secuestro de una personalidad política pública en Colombia, que fue el ex ministro Fernando Londoño y Londoño, padre de Fernando Londoño quién tiene actualmente una emisión periodística en Radio Súper.

Yo di la primicia de su liberación y estaba convencido de que lo que estaba transmitiendo era solo para Medellín, pero para mi sorpresa al terminar el cubrimiento a eso de la media noche, me informaron que había estado informando a nivel nacional porque don Timoleón había dado la orden de hacer el enlace.


Precisamente en ese instante entró una llamada de él y me dijo que a partir de ese instante quería que me fuera a trabajar con él. Efectivamente me envió los pasajes y así comencé a trabajar para Caracol Bogotá como periodista nacional, el 6 de agosto de 1970.


¿Sé que no es tan fácil responder a esta pregunta siendo su carrera tan extensa y prolífica, pero podría mencionarme uno o dos hechos, que durante su profesión lo marcaron para siempre?

Son muchos, pero voy a darle los dos hechos que usted me pide.


El primero fue en la época en la que Jaime Bateman Cayón, era el comandante, digamos que único, de un movimiento subversivo terrorista que hubo en Colombia que se llamó el M-19. Jaime Bateman comenzó a secuestrar periodistas para ponerlos como emisarios frente al gobierno de la época. Al primero que secuestró fue a German Castro Caycedo.

Yo iba para el aeropuerto de Bogotá a tomar un avión para Medellín y en la ruta hacia el aeropuerto me secuestraron los del M-19 llevándome varios días a la selva y posteriormente me liberaron con un mensaje para el presidente de la época. Ese es un hecho que marcó mi vida porque me volvió a poner en la palestra a nivel nacional e internacional.

El segundo hecho. Estaba trabajando en Caracol Bogotá y mi director de la época, ya era Yamid Amat, que había precisamente reemplazado a Timoleón Gómez. Yamid Amat me mandó al Vaticano a cubrir una noticia muy importante porque por primera vez Colombia iba a tener tres Cardenales. Aníbal Muñoz López, arzobispo de Bogotá, el otro era Monseñor Darío Castrillón, arzobispo de Pereira y el tercero era Monseñor Alfonso López Trujillo, presidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana CELAM y arzobispo de Medellín.

Yo siempre estuve muy cercano a Monseñor Castrillón con quien había trabajado en varias negociaciones de paz como intermediarios entre el gobierno y la guerrilla. Estando en el Vaticano, un día Monseñor Castrillón me informó que al día siguiente el Papa Juan Pablo II iba a recibir a los arzobispos colombianos a las 10 de la mañana y me sugirió disfrazarme con un vestido negro para pasar como un seminarista. Me fui a la Avenida Venetto en Roma a comprar lo que necesitaba y así lo hice.

Acompañado de Monseñor Castrillón entramos al Vaticano y reunidos con todos los prelados colombianos, unos diez para esa época, salió el Papa saludando a los obispos. En ese instante tomé mi grabadora de reportero y la alisté para grabar, pero con la pausa oprimida. Yo me hice al final de la fila de los prelados, cuando el Papa los estaba saludando uno a uno, llegó a mí y se dio cuenta inmediatamente que yo no era un religioso. Sonriendo me puso su mano en mi hombro y mi reacción fue sacar la grabadora presentándome como periodista y pidiéndole un mensaje para Colombia.

Ese saludo se convirtió en una entrevista de casi 20 minutos. Cuando terminamos le pedí la bendición al Papa y salí corriendo para el hotel desde donde me comuniqué con la gente de Caracol. Emocionado pedí que me pasaran a Yamid Amat a quién le dije que había entrevistado al Papa y él inmediatamente anunció la noticia como un extra y me hizo la presentación.

Luego de mi presentación, cuando activé la grabadora para que se escuchara la grabación no sonó absolutamente nada. Después de varios intentos en vano, colgamos la llamada y finalmente me di cuenta que de la emoción de entrevistar al Papa, había olvidado por completo quitarle la pausa a la grabadora. Ya entenderá el regaño que me dieron por semejante error en Caracol cuando regresé a Bogotá.


Esas dos cosas, digamos que en anécdotas en mi vida periodística. me han marcado.


¿Queriendo ser periodista soñaba con la fama?

Yo pedí limosna en Medellín. Cuando mi papá tenía trabajo en mi casa había comida y cuando no tenía trabajo, yo tenía que salir con una bolsa y con una olla que mi mamá me daba a diferentes barrios de Medellín y casa por casa, tocaba a ver quién nos daba comida para llevar a la casa. Dentro de esa circunstancia que también es muy particular, yo aprendí a conocer el sacrificio, aprendí a conocer lo que es no tener y lo que es tener hambre. Pero siempre mantuve la idea de que yo no podía quedarme toda la vida así.

Cuando Timoleón Gómez me mandó los pasajes para irme a Bogotá a trabajar en Caracol Radio, yo me subí al avión sin ni siquiera una maleta para meter la ropa, la ropa que cargaba la llevaba envuelta en toallas y en sabanas y así me monté en un avión. Cuando alcancé a montarme, me volteé como a darle una última mirada a la ciudad de Medellín y dije: “Medellín siempre me has visto pobre, siempre me has visto con hambre, pidiendo limosna, te prometo que cuando vuelva a esta ciudad seré famoso.”


Me dediqué a trabajar con tanta fuerza en el periodismo que he cumplido eso y no he vuelto a aguantar hambre.



Y efectivamente se hizo famoso en los ochentas siendo el Anchorman con más audiencia en el país. ¿Qué significó esa etapa en su carrera y en su vida?

Yo aprendí la teoría del Anchor en Nueva York. Yo era socio de la compañía propietaria de El Noticiero de las Siete y los dueños éramos Felipe López, que fue director de la Revista Semana y yo. Una semana antes de salir al aire en el noticiero, me fui para Nueva York porque quería saber que era lo que primaba en el ambiente de la radio y de la televisión en los Estados Unidos. Logré tener un contacto para ver el noticiero CBS News que hacía Walter Cronkite, y quien fue el primer Anchorman que hubo en la televisión norteamericana. A Walter Cronkite lo reemplazó Dan Rather.


Cuando logré el contacto con Dan Rather fui a los estudios de CBS News y al presentarme le pedí el favor de dejarme en el estudio mirando el noticiero. El me respondió que en Estados Unidos esto no era permitido pero que por el hecho de que yo era periodista y había viajado desde Colombia, haría una excepción única conmigo y me lo permitía.


Presencié todo, incluyendo la manera como lo maquillaban. Al final me dijo que lo acompañara para que le removieran el maquillaje. Yo aproveché y le dije que tenía que devolverme para Colombia para iniciar el Noticiero de las Siete y le pedí su consejo a lo que me respondió que lo único que podía decirme era que fuera yo mismo, que fuera original, que no copiara a nadie y que no me preocupara por las críticas.


Yo me vine en el avión de Nueva York a Bogotá pensando en esto. Y el día que iba a presentar el noticiero, siempre pensaba en las palabras de Dan Rather. Noté que en mi vestuario había un chaleco amarillo pollito y salí con él, y fue así que empezó la época de los chalecos en Colombia. Esto a mí me identificó mucho.


También mi dicho de “Paz, Amor y Buen Genio” que nació en una jornada muy dura de protestas y manifestaciones en Colombia. Ese día en la emisión, por el interno el productor de estudio me dijo que despidiera porque me quedaban treinta segundos, y me salió lo que llamamos un repentismo y despedí diciendo: “Bueno señoras y señores hemos llegado al final de la emisión, hemos tenido un día muy duro, les deseo que se vayan para la casa, disfruten con la familia y por favor disfruten con paz, amor y buen genio”.


Esta frase al igual que los chalecos se convirtieron en un hito mío.



“La más bella expresión del periodismo es la reportería y la reportería es con la verdad.”

Juan Guillermo Ríos y su hijo Andrés Rios López. Lanzamiento de su libro Memorias con Paz, Amor y Buen Genio.



¿Sabe si esos números de audiencia ya fueron superados hoy en día?

Yo llegué a tener un raiting de 70 puntos en Colombia, eso significa que de 100 televisores encendidos a las 7 de la noche, 70 me veían a mí, pero las cifras eran extraordinariamente contundentes, por ejemplo, en Barranquilla a las 7 de la noche de 100 televisores en aquella época, 98 veían el noticiero de Juan Guillermo Ríos, en Cali 97 y en Medellín 99.


Para esa época yo tenía un raiting impresionante que no se ha vuelto a ver en la televisión colombiana hoy en día.

Muy seguramente se va a superar en algún tiempo porque Colombia produce buenos noticieros como los que tenemos hoy, con unos periodistas extraordinarios en radio, televisión, prensa escrita y en internet.


Yo no me ufano mucho de eso porque se logró, pero ya pasó y ahora los retos son otros.


De tal manera que, si algo tengo que decir hoy, es gracias por haberme visto, gracias por la fama que me han dado si es que es fama y gracias por el reconocimiento, pero yo no olvido que soy un ser de carne y hueso y que soy ante todo y por encima de todo, un padre de familia. Yo adoro a mis hijos que son mis mejores consejeros, Andrés, el mayor que es periodista, Juan Sebastián, periodista también y Sarahí que es economista y politóloga.

He aprendido a vivir muy aterrizadamente, además como tuve un cáncer que fue una prueba impresionante para mí, prácticamente fui declarado muerto. Puedo decir que yo fui y volví. Conozco ya lo que es la muerte, entonces al día de hoy soy alguien muy aterrizado que sabe que todo en la vida es efímero.


¿A propósito cómo está su estado de salud?

Muy bien. La última cirugía me la hicieron justamente por esta época hace un año. Fue la cirugía número cuarenta. Hace un año he estado muy bien, no he tenido ningún malestar, vivo feliz con mi familia y mis nietos.


En aquellos años de fama la ropa que usaba venía de Londres y de Manhattan y usaba relojes de gran marca como Cartier y Piaget. ¿Era rico vivir en esa opulencia?

Digamos que fue el salto antagónico a la pobreza. Si yo había vivido una pobreza tan extrema, pues no quería volver a vivirla y como tenía buenos ingresos podía permitírmelo ya que fui director de noticias a los 26 años, fui el director de noticias más joven en Colombia.


Cada año iba a Paris y a Londres y renovaba mi vestuario. Aún existe en Londres una tienda donde tienen mis medidas y mis gustos. Desarrollé una gran afinidad por viajar y me iba a Nueva York dos o tres veces al año.


Fuera de mis gustos un poco egocéntricos de viajar a esas ciudades y de vivirlas, yo he tenido una idea y es que uno debe visitar las ciudades que se dejen caminar, así como uno debe amar a las mujeres que se dejen amar. Yo recuerdo que un día estando en Londres salí del hotel en donde estaba hospedado y a las cinco de la mañana me fui a recorrer la ciudad todo el día hasta las nueve de la noche. Y con ese gusto he caminado y he conocido. Uno no conoce las ciudades en un tour, uno las conoce es caminando.


¿Qué es la fama para Juan Guillermo Ríos?

La fama es un espejismo. Al día de hoy yo he llegado a una conclusión y es que la fama es irreal y no es positiva para el ser humano. La fama lo pervierte a uno un poco. Yo vivo muy agradecido por la gente que me reconoce, con la gente que como usted cree que puedo ser útil para esta entrevista.

A mí me encanta darle la mano a la gente y saludarla. Lo hago desde dos puntos de vista. Uno, por la gratitud, por el reconocimiento de la gente y dos, porque considero que la más bella expresión, la más pura, la más diáfana, la más sui generis expresión del periodismo hoy es la reportería.

El reportero se debe a la calle, el reportero tiene que salir y estar en la calle. El periodista de escritorio no es que no sirva, sino que es muy diferente al periodista que camina, que se gasta los zapatos y que recibe el viento, el sol y la lluvia. La más bella expresión de la reportería es la calle.


Por eso cuando yo muera, yo quiero que haya un epitafio que diga: “Aquí yace Juan Guillermo Ríos, profesión, reportero.”


Por la fama se alejó de su mamá, pero luego hubo un reencuentro. ¿Cómo lo vivió?

Ese es uno de los hechos más dolorosos y vergonzosos para mí porque como le digo, la fama es un espejismo. Un día yo me desperté y me senté en la cama diciéndome: ¡Santo Dios hace un año que no veo a mi mamá! ¡Qué voy a hacer! Me fui para el aeropuerto y agarré como pude el primer avión que salía para Medellín, y le llegué por sorpresa a mi mamá. La nobleza de las madres. Mi mamá me recibió y me abrazó, yo me arrodillé, le pedí perdón, y mi mamá me dijo que no tenía que perdonarme nada, nos abrazamos y me dio la bendición y mire usted que alcancé a reconciliarme con ella y disfrutar unos quince o veinte días más, porque después de ese reencuentro ella murió.


O sea que había algo que me llamaba y me decía: “Ve reconcíliate con tu mamá que se te va a ir”.


¿Cómo comenzó ese proceso de quererse bajar de esa fama y poder en el que andaba?

Comenzó precisamente con la reconciliación con mi familia y con mi mamá. Y a partir de ahí yo dije que tenía que olvidarme de todo esto porque entendí de que estaba parado sobre un pedestal, pero sostenido por barro, por estiércol, que no era nada y me dije: “Adiós a la fama. Adiós todo. Yo tengo que dedicarme a mi mamá, a mi familia y a mis hijos” y lo cumplo sagradamente.

Mis padres ya no están, tampoco un hermano que yo quería enormemente, pero tengo el amor y la compañía de mis hijos y mis nietos. Esto es absolutamente indescifrable, inenarrable. Esa felicidad de uno de vivir con los hijos y los nietos no hay como pagarlo.


Hoy con un ritmo de vida muy distinto dice no arrepentirse de nada lo vivido. ¿No se arrepiente de nada en especial?

Yo como Neruda, puedo decir un poco abusivamente que he vivido. He vivido en todas las formas, en la pobreza y en la opulencia. Pero si volviera a nacer pasaría mucho más tiempo con mi mamá, con mi papá, con mis hermanos y con mis hijos.


Además, hace 17 años estoy vinculado a la docencia en la Universidad Sergio Arboleda en Bogotá y tengo también el cargo como asesor del rector. Y ese mundo de la universidad con la docencia y mi labor en la rectoría me apasiona.


Con los alumnos pasa lo que pasa con los hijos, uno tiene que acercarse a los hijos y a los alumnos no a enseñarles sino a aprender de ellos. Entonces yo aprendo todos los días, es un reciclaje de la vida, aprendo vocabulario, aprendo modismos, aprendo de cine, me actualizo. Estar en la docencia y la familia es un aprendizaje diario 24 sobre 24 y eso no hay como pagarlo.


¿Qué significan sus nietos en su vida?

Felicidad. Son mi adoración. Con mi nieta Mariana hablo todos los días y me mantiene al día como si fuera una cronista. Mi nieto Juan Nicolás, de cuatro años, es mi adoración, con él salgo a jugar a la pelota. Él es el que me da un nuevo sentido de la vida y eso es la vida, no la fama.

Son cosas que ellos nos dan y nos permiten disfrutar la vida como realmente es. La vida real, no la vida ficticia.


Hoy en día también hay periodistas famosos, con egos en las nubes y con altísimos raitings de sintonía, quizás como la suya en el pasado. ¿Desde su experiencia de vida que palabras salen de su corazón para ellos?

Yo tengo una amistad extraordinaria con todos. Mi hijo Andrés acaba de publicar un libro sobre mi vida que se llama: Memorias con Paz, Amor y Buen Genio. El prólogo es de Julio Sánchez Cristo con quien tengo una amistad y su familia desde hace muchos años.

Precisamente cuando hubo el episodio con Jaime Bateman y el M-19, yo estaba con Julio Sánchez, y el secuestro fue para ambos. Con él he compartido muchas etapas en el periodismo.

Tengo una amistad extraordinaria con Gustavo Gómez el director de Noticias de Caracol, con José Manuel Acevedo, el director de RCN Televisión en noticias, y con casi todos los colegas. Por eso digo que algo que me moleste y me fastidie es que hablen mal de mis colegas. Porque yo los conozco y conozco su trabajo. Los que hablan mal de los periodistas es porque no los conocen. Y por eso yo soy un defensor no solamente de la profesión sino de todos mis colegas.


“Memorias con Paz, Amor y Buen Genio”, lo escribió con su hijo Andrés Ríos López. ¿Cómo fue esa experiencia de escribir con su hijo?

Eso ocurrió hace un año. Yo duré un buen tiempo con el estómago totalmente abierto. Me tocaba ir a trabajar en el Canal de Televisión y en las emisoras de radio y las clases de la universidad con el estómago abierto porque no me lo podían cerrar. Un día se me presentó una infección y hablé con los doctores Manuel Riveros y Nelson Rivera que son los que han estado muy pendientes con el doctor Héctor Pulido de mi situación, y me dijeron que no había más remedio que operar nuevamente con el riesgo de que el porcentaje de sobrevivir, era solo de un uno por ciento.


Me pidieron que mis hijos me acompañaran y fueron muy claros con ellos y pidieron su consentimiento. Mis hijos me apoyaron y a raíz de eso, el día anterior a la cirugía, mi hijo Andrés me dijo: Tienes que dejar un libro porque no sabemos qué va a pasar y comenzamos a grabar por espacio de varias horas antes de la cirugía y de ahí salió el libro editado por el periódico El Tiempo por Intermedio Editores y ha sido un éxito.


Su ideario filosófico lo resume: Tener a quien creer, tener a quién querer, tener a quién servir y tener a quién ofrecer el perdón. ¿Logra aplicar todo esto a su vida?


Rigurosamente Germán. Uno en la vida tiene que ser útil. De ahí viene uno de los idearios, tener a quien servir. Aplicando ese famoso dicho -Haz el bien y no mires a quien- y la mejor manera de ser útil es sirviendo a otros, no que le sirvan a uno sino sirviendo a otros. Ese es un punto filosófico indeclinable, innegociable.


El otro, tener a quien perdonar porque el secreto de la felicidad en la vida es el perdón. Uno no puede morirse con resentimientos, con odios, con malquerencias. Yo quiero confesarle que soy creyente, soy católico no practicante, pero soy creyente y si algo he aprendido es que nadie que muera con odio o que muera odiando se salva y va al cielo porque lo contamina. Uno tiene que vivir en la real esencia del cristianismo que es el perdón.

En la vida uno tiene que tener a quien querer porque esa es la esencia de las relaciones entre los humanos y en la medida en la que demos amor y queramos, recibimos exactamente eso. Y uno en la vida tiene que tener a quien creer. La vida es maravillosamente reciproca. Te da lo que tú das.


¿Quién es hoy Juan Guillermo Ríos?

Soy un hombre común y corriente que sufre, goza, que tengo todavía muchos sueños por realizar, un enamorado del amor y de la vida, vivo muy convencido del perdón, no me incomodan las críticas, aprendo de las críticas, pero me molesta la mala fe.

Cuando hay alguien que actúa de mala fe, me molesta. Y me molesta enormemente no haberle dedicado más tiempo a mis seres queridos por eso vivo intensamente con mis hijos y mis nietos. Soy un hombre de carne y hueso con defectos y con aciertos.


Espero que me juzguen en la vida en un equilibrio entre mis aciertos y mis errores.


¿Una dedicación a toda esa audiencia que lo escuchábamos, veíamos y respetábamos en su gran época como periodista?

Me encantaría que tuvieran el libro Memorias con Amor, Paz y Buen Genio, porque en él está resumida mi vida con enseñanzas, si es que soy alguien para darlas, a nivel de vivencias periodísticas, vivencias profesionales y de vivencias de un ser humano y de familia. Que vivan del perdón.


Y a los periodistas nuevos, que están saliendo de la universidad, les digo lo que les digo a mis alumnos y a mis amigos que están empezando la profesión: Vivan la vida abrazando la profesión. La más bella expresión del periodismo es la reportería y la reportería es con la verdad. Un periodista se debe a la verdad y en la medida en la que el periodista se deba a la verdad, se debe a su comunidad, un periodista no tiene que rendirle cuentas ni a los poderes políticos, económicos, eclesiásticos, a ningún poder. El periodista tiene que rendirle cuentas a su comunidad, a su gente, a sus lectores, salir a la calle, que la gente te vea y te de la mano, cuando la gente te de la mano como me la dan a mí y te la dan a ti, te están diciendo: Germán haces un buen trabajo y te lo reconozco.


Ser agradecido con quien te ayuda, no olvidar nunca a quien te ayuda y a quien te da la mano. Ser humilde, pero ser humilde no significa ser sumiso. En el periodismo hay que tener un cierto aire contestatario, eso significa ser critico de todos los poderes, no casarse con ningún gobierno y ser critico de los que ejercen el poder, porque el poder tiene tendencia a mentir, a ocultar o a presentar las cosas como no son. Falsedades.


La labor del periodista es quitar ese velo, penetrar en lo más profundo de la realidad, casarse con la verdad, y servir a la comunidad.



Muchas gracias.

Les doy un saludo muy especial a todos tus lectores.

Para German un abrazo extraordinario con gratitud infinita, con Paz, Amor y Buen Genio.

Les habló Juan Guillermo Ríos.



“La fama es irreal y no es positiva para el ser humano.”

Juan Guillermo Ríos.

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Germán Posada es natural de la ciudad de Medellín (Antioquia). Estudió Locución para Radio y Televisión en el Instituto Metropolitano de Educación (I.M.E). 
  
En Medellín colaboró en el programa Buenos Días Antioquia transmitido por la Cadena Colmundo Radio y participó en la animación y programación del programa Mirador Comunitario a través del Sistema Radial K (Armony Records). Ambos bajo la conducción y dirección del Periodista antioqueño Carlos Ariel Espejo Marín (q.e.p.d). 

 

Desde el 2001 reside en la ciudad de Montreal en donde ha participado en la realización y animación de los programas radiales Escuchando América Latina  (CKUT 90.3 FM), Onda Latina (CFMB 1280 am) y La Cantina (CFMB 1280).