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Como un Cristo

40 minutes ago
6 min read
Julio Cesar Luna.
Julio Cesar Luna.


Soy un actor colombiano, y esta historia es verídica, ya que la viví hacia finales de los años   60s, en que buscábamos los jóvenes actores nuevas oportunidades de trabajo, ya que aún no nos convencía la Televisión, y mucho menos actuar en ella, pues nos considerábamos era realmente Actores de Teatro.

Pero me enteré entonces de que el maestro Bernardo Romero Lozano, hombre ilustre y gran director teatral, estaba formando un grupo para durante la Semana Santa, montar “La Pasión de Cristo”, en el bello pueblo de Sáchica, en el Departamento de Boyacá. No hacía mucho, había terminado yo, junto con queridos colegas, una exitosa temporada en el Teatro Colón, con el grupo Teatral LOS 13, con la hilarante comedia del español Alfonso Paso “Vamos a contar mentiras”, y con la comedia de Luis Peñafiel “Aprobado en Castidad”, con mucho éxito ambas, y también con dirección del maestro Romero Lozano.

En ese primer año, en que, en Semana Santa, se presentaba por primera vez en Colombia “La Pasión de Cristo”, obtuve dada mi juventud, el papel de Juan, discípulo de Jesús. Éramos un grupo de 30 actores colombianos, dispuestos a enfrentarnos a este nuevo reto de revivir la Semana Santa en un pueblo que cumplía con los escenarios que planteaba la obra.


Ensayamos juiciosos en Bogotá, y partimos a Sáchica con la ilusión de hacer nuestro trabajo dignamente. Durante 6 días presentamos un total de 12 funciones (2 diarias), y la gente de Sáchica, residentes, y muchos turistas, nos recibieron como gladiadores, dado el fervor religioso de miles de personas que se aglomeraban, y que nos seguían durante todo el Viacrucis. Debido al éxito de ese año, las presentaciones se fueron repitiendo sucesivamente en la conmemoración de las fechas santas, y año tras año, el mismo elenco interpretaba “La Pasión de Cristo”, así que después, al año siguiente, hice de Caifás, al otro año fui Barrabás, hasta que tres años después, el Maestro Romero un día me dijo: “Julio César, este año interpretarás a Jesús”.


Salté de la alegría, ya que era él sueño de cualquier actor interpretar, nada más ni nada menos, a nuestro Señor Jesucristo. Así fue entonces mi debut como Jesús, el miércoles Santo, y todo marchó muy bien de acuerdo con lo ensayado. Al principio, la presencia del público, al cual teníamos prácticamente encima formando un callejón a lado y lado siguiendo con fervor y emoción nuestro paso, me agobiaba, pero pude sortear el problema. Todo esto que relato, es con profundo respeto hacia los creyentes religiosos, ya que yo mismo soy uno de ellos.


El Viernes Santo a las dos de la tarde, hizo un solazo muy fuerte en la primera función, pero nada sufrí, y al contrario, gocé con mi actuación pues en esa primera función pude llegar a lo alto del Calvario, y “morir como todo un varón” en la cruz.


En el descanso nos hidratamos bastante, y arrancamos la segunda presentación a las cuatro de la tarde, que se inició cuando el implacable sol boyacense pegaba más duro. Luego de la detención de Cristo en el Huerto de los Olivos, nos dirigimos al Templo Doctrinero de San Lorenzo, que simulaba en la obra teatral parte del atrio del Sanedrín judío, donde juzgaban a Cristo. Todo iba bien hasta ahí, y muchos fervorosos creyentes y religiosos, me ofrecían agua y otras bebidas que yo rechazaba, con la misma paciencia y estoicismo que debió hacerlo Jesús, a quien yo representaba.Luego cuando condenan a Cristo, los “soldados “o centuriones, me azotaron, pero me pusieron la corona de espinas, con tan tan mala suerte, que me la colocaron mal, y sentí un fuerte dolor ya que me chuzaba la cabeza uno de los clavos que rodeaban la corona, simulando espinas.


Le dije entonces al soldado romano en voz baja, que me la sacara, ya que me estaba doliendo mucho. El soldado la saco y la volteo, y al hacerlo se llevó mi peluca colocándola al revés, con todo el pelo sobre mi frente, e impidiéndome la visión, aunque menos mal que Gilberto Puentes, el buen actor boyacense que interpretaba a Malcom, el centurión que me azotaba en mi actuación como Jesús de Nazareth, en la subida al monte calvario cayo en cuenta de la situación y me volvió a colocar el “tocado o peluca” en su sitio, pero ahí comenzó mi verdadero Viacrucis. Me cargaron la cruz, la cual yo había pedido que fuera de verdad, construida en madera maciza, por aquello del método realista de Stanislavski, y así comenzó mi verdadero calvario, en el camino de las tres caídas.


Fueron 400 metros al natural en el Monte Calvario, donde la subida era bastante empinada, y yo desfalleciendo, sudando, y aguantando sed y cansancio extremo, seguí con la cruz sobre mi espalda, pero entonces comenzó a molestarme y dolerme el hombro, ya que la túnica que me cubría era demasiado delgada, y la pesada madera hacía de las suyas sobre mi huesudo hombro. Después de andar unos 50 metros hice mi primera caída, y pude al menos medio descansar de la pesada cruz un poco colocándola sobre el piso, cuando de improviso sentí un tremendo choque eléctrico en mi espalda. Luego otro y un tercero. Trate de advertirle en voz baja al mono Gilberto Puentes, diciéndole, “hermano… me estás matando, ¿qué pasa?”.


Ocurría era que, al parecer, las tiras del látigo conque me castigaba mi amigo Gilberto Puentes, eran de tela, y un niño, que actuaba como extra y ayudante de mojaba en un tarro con anilina el látigo, para dar la sensación de surcos sanguinolentos sobre mi espalda, pero con el calor del sol, después de la primera función, se endureció dicho látigo, y se convirtió en un verdadero rejo. Mi compañero y actor Puentes no me escuchaba, por la algarabía del público, que nos rodeaba a nuestro paso, y que lloraba y rezaba de la emoción y mi colega Puentes que actuaba de centurión, también imbuido en su papel de Malcom, “el castigador”, me azotaba bastante fuerte aumentando mi flagelo y dolor, y así tuve que aguantar todos los latigazos en las otras dos caídas, hasta lo alto del calvario, donde me esperaban los dos ladrones en sus cruces, a donde llegué ya con un dolor insoportable, y hasta llegué a pensar que Dios me estaba castigando era por interpretar a su hijo (¿Así de mal lo haría?).


Pero lo peor fue cuando   inesperadamente me rasgaron la túnica, dejándome solo con el pañal o “panniculum”, en latín).


La actriz española, Carmen de Lugo, esposa del director Romero Lozano , quien interpretaba a la Virgen María, al ver mi espalda lacerada, me echó agua para atenuar el dolor, pero empeoró fue mi dolor y el soldado Malcom (Puentes), Quevedo no se había dado cuenta del producto de su “castigo” con el látigo, se me acerco y me  susurró al oído, “bien flaco, esta función fue mejor que la primera”.Comenzó entonces  a nublarse  la tarde, y agradecí ese hecho, pues del dolor, el cansancio y el sufrimiento estaba a punto de desfallecer y el sol me estaba además quemando la piel.


Me acostaron entonces sobre la cruz, y a pedido mío, me amarraron fuerte de manos y pies, y me subieron entre varios a la posición vertical. El público seguía rezando emocionado en torno a mí al poder medio llegar a la cima de la montaña. Miré entonces hacia abajo, y vi que María Magdalena y un par de “soldados romanos “, aguantaban sus sonrisas señalando hacia la mitad de mi humanidad, y es ahí cuando pude, ver y sentir con horror, que una de mis glándulas genitales pretendía escaparse del pañal. Hice señas desesperadas a los “soldados”, y uno de ellos, con su lanza, intentó acomodarme el pañal tapando la incómoda e indiscreta escena. “Menos mal la punta de la lanza es de caucho”, pensé. Todo comenzó a marchar mejor cuando comencé a decir las últimas siete palabras que expresó Jesús antes de morir. Pero ahí no termina todo, pues al final, a punto de exhalar el último suspiro cuando dije, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, un rayo estruendoso cayó muy cerca, y se desato en todo Sachica la tormenta más espantosa que cualquiera pueda imaginar, con fuertes relámpagos y lluvia, además de un frío viento que empujaba la inminente borrasca. Todo el público salió corriendo, incluyendo la Virgen, también María Magdalena, los soldados y hasta los ladrones, (bueno, los ladrones siempre salen corriendo), quienes no estaban amarrados como si lo estaba yo.


Miré entonces a mi alrededor, y vi que había quedado solo, y comencé a sentir físico terror de ser alcanzado por un rayo. Entonces grité angustiado, y nadie me respondió, y así estuve cerca de media hora soportando una lluvia tan fuerte y un frío tan intenso que calaba mis huesos, hasta que de pronto escuche gritar a los asistentes de dirección y de vestuario, “se nos quedó Julio… se nos quedó Julio César”, y finalmente presurosos llegaron, me desataron y me cargaron monte abajo, ya que casi no podía moverme solo.

Pero era mi estado tan lamentable, adolorido y azotado, que, para la función del día siguiente, no pude volver a representar a Jesús, pues simplemente estaba… COMO UN CRISTO…


(Esta columna es de estricta responsabilidad del autor y no representa la opinión de este portal)     


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Germán Posada es natural de la ciudad de Medellín (Antioquia). Estudió Locución para Radio y Televisión en el Instituto Metropolitano de Educación (I.M.E). 
  
En Medellín colaboró en el programa Buenos Días Antioquia transmitido por la Cadena Colmundo Radio y participó en la animación y programación del programa Mirador Comunitario a través del Sistema Radial K (Armony Records). Ambos bajo la conducción y dirección del Periodista antioqueño Carlos Ariel Espejo Marín (q.e.p.d). 

 

Desde el 2001 reside en la ciudad de Montreal en donde ha participado en la realización y animación de los programas radiales Escuchando América Latina  (CKUT 90.3 FM), Onda Latina (CFMB 1280 am) y La Cantina (CFMB 1280). 
  

 

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