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La Rockatón 2026, el rock como memoria y territorio




 


Hay momentos en que la música debe dejar de ser espectáculo y volverse un sentir colectivo. La Rockatón 2026, celebrada en Medellín este 22 y 23 de agosto, después del terremoto de magnitud 7.4 que sacudió San José del Palmar (Chocó), fue uno de esos instantes raros donde el rock, género muchas veces tildado de individualista o rebelde sin causa, demostró que su esencia más profunda es la de una tribu capaz de movilizarse sin pose ni protagonismo.

 

El evento en el Teatro Carlos Vieco fue un termómetro de la empatía ciudadana. Mientras otros géneros —popular, vallenato, pop, urbano— ya habían activado sus propias colectas, el rock esperaba su turno. Y cuando llegó, no vino con fuegos artificiales ni con discursos vacíos; vino con guitarras afiladas, baterías que marcaban el pulso de la urgencia y un puñado de voluntarios que entendieron que la solidaridad no se mide en clics, sino en ayuda real.

 

Quien esto escribe ha visto nacer y morir movimientos, ha estado detrás del micrófono cuando las ondas hertzianas eran el único puente entre la desgracia y la esperanza. Recuerdo en 1999, aquella llamada de Juanes —entonces un músico en quiebra, sin banda y con los sueños hechos maleta— pidiendo apoyo para una colecta por Armenia. En ese entonces, lideraba la estación de rock más sólida que Colombia había tenido desde Medellín: Radiacktiva, el Planeta Rock de Caracol Radio. No había redes sociales, no había métricas ni influencers; solo una audiencia gigantesca y la certeza de que el poder de un medio se usa, no se presume.

 

Hoy, 27 años después, escucho a los jóvenes Alcolirykoz decir: "siempre hay que tener perspectiva del pasado, porque para ser agradecido sólo hay que tener muy buena memoria", y me reconozco en esa máxima. Porque la Rockatón 2026 no nació de la nada: fue el eco de aquella movilización primigenia, la réplica de un ADN solidario que en los 90 era instinto y hoy estrategia, pero que corre el riesgo de perderse si se deja secuestrar por el ego o el cálculo político de un solo individuo.

 

Y es que no faltó el personaje que reclamó autoría, ni el aspirante que escondió intereses detrás del brillo del activismo. Pero la buena fe, como siempre, pesa más que los reflectores. La comunidad de Haga La U en Facebook preguntó por el balance, y las respuestas de la gente —Andrés Martínez, Lucas Areiza, Carlos Rivera— fueron unánimes: "fue histórico, fue una chimba", fue el momento en que los egos se disolvieron en una sola tarima.

 

 

Detrás del escenario: los que hacen posible el milagro

 

No hay evento memorable sin una logística de hormiga. Algunos repiten desde 1999: Nano (vocalista de Nepentes) y el incansable Alejo Duque —a quien recordamos tocando bajo el calor del 99 con Neus— además de Camilo López, Paula Rúa, como algunos de los nombres que esta cronista quiso rescatar del anonimato. También Mónica y Viola de Ira, P Flavor de Crew Peligrosos, Camilo Restrepo de Providencia, Cheché de Radioacktiva, Hugo Restrepo (Kraken, ahora Titán), Steve de Lemmings, Toto de Polvo de Indio, Álvaro CM, y el gran periodista Santiago Arango.

 

Todos ellos, engranajes de una maquinaria que no buscó reconocimiento, sino que el rock fuera para llegar a quienes más lo necesitan, hoy mañana y durante varios meses. Y no olvidaron a los peluditos, esos "familiares de cuatro patas que en muchos casos fueron los más afectados y los más olvidados", como bien dijo Nación Criminal, (no suenan tan criminales con esta reflexión animalista).

 

Pero la Rockatón 2026 fue más allá de un concierto benéfico. Fue un termómetro de escena. En una ciudad donde el rock ha sido durante décadas un género de resistencia cultural —y a veces de subsistencia—, ver a generaciones enteras (niñez, juventud y adultez) coreando los mismos temas en una misma tarima, es una señal de que la tribu sigue viva. Y más viva aún cuando se pone al servicio de los demás. Yo tengo familia en el Eje Cafetero, todos a salvo, pero con la economía paralizada.

 

 

Más allá de las métricas: la lección de 1999 y 2026

 

En tiempos de alcances, reproducciones y "engagement", me conmueve la reflexión de David Rivera: "Nada de lo que pasó el fin de semana se hubiera logrado sin el concurso, el apoyo y la generosidad de las empresas patrocinadoras". Porque la sostenibilidad de la solidaridad también se construye con alianzas inteligentes, no solo con buenas intenciones. Gracias a los logísticos, la producción, los músicos y las organizaciones.

 

Y sí, la Rockatón superó los 5.000 asistentes por día (con manilla) pero esa cifra, impresionante, no es lo que quedará en la memoria. Quedará la imagen de un teatro al aire libre lleno de personas que no preguntaron de qué bando eras, sino qué podías aportar. Quedará la certeza de que Medellín, la ciudad que supo hacer del rock un vehículo de identidad, también puede hacer de él un vehículo de reparación.

 

Esta es mi segunda Rockatón, y mi interés no ha sido recrear el concierto, sino conversar con la gente. Porque el periodismo musical serio no se queda en la crónica de lo que sonó, sino en el registro de lo que se sintió. Y lo que sentí fue a un rock que se sacudió el polvo del nicho en que se ha convertido para caminar entre escombros, sin pedir permiso, sin esperar aplausos.

 

Hace 27 años Juanes y varios más estábamos haciendo, sin saberlo, el primer gran evento de movilización del rock en la ciudad. Diez años después, la vida nos reunió en otro lugar para hacer "Paz Sin Fronteras", con un millón de personas en La Habana y otro tanto en la frontera. Hoy, aquí, en esta parroquia que se volvió mundo, el rock vuelve a demostrar que cuando hay una causa justa, las guitarras no suenan a ruido: suenan a territorio armónico.

 

Y como lo aprendí en 1999, un líder sin poder no es más que un empleado. Pero un líder que usa su poder para que pasen cosas, como actualmente lo está haciendo Shakira por ejemplo, para que la música trascienda el entretenimiento y se convierta en puente, ese líder ya no necesita reconocimiento: la historia se encargará de recordarlo, no los que pretenden suprimirle.

 

La Rockatón 2026 fue un recordatorio. Aún no somos material de museo. Y ojalá que la energía que despertó no caiga en el olvido, porque el rock, cuando quiere y puede es memoria colectiva en estado puro.

 

 

(Esta columna es de estricta responsabilidad del autor y no representa la opinión de este portal)    

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Germán Posada es natural de la ciudad de Medellín (Antioquia). Estudió Locución para Radio y Televisión en el Instituto Metropolitano de Educación (I.M.E). 
  
En Medellín colaboró en el programa Buenos Días Antioquia transmitido por la Cadena Colmundo Radio y participó en la animación y programación del programa Mirador Comunitario a través del Sistema Radial K (Armony Records). Ambos bajo la conducción y dirección del Periodista antioqueño Carlos Ariel Espejo Marín (q.e.p.d). 

 

Desde el 2001 reside en la ciudad de Montreal en donde ha participado en la realización y animación de los programas radiales Escuchando América Latina  (CKUT 90.3 FM), Onda Latina (CFMB 1280 am) y La Cantina (CFMB 1280). 
  

 

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